El último día (primera parte)

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Ese día iba a ser el día. Ya lo había decidido y nada ni nadie impedirían que diera marcha atrás con mi propósito. Sí, ese día lo llevaría a cabo y apenas podía contener la emoción que me producía la idea de que pronto habría de hacerlo. Por fin, después de tanto tiempo y esfuerzo, mi más grande, pero también secreto deseo se cumpliría y ya no habría más llanto ni sufrimiento para mi pueblo. Todo eso quedaría en un pasado oscuro y tenebroso del que pocos se acordarían ante un brillante futuro en los que seríamos libres de la Sombra y donde la abundancia y la prosperidad serían constantes en los que serían mis dominios. Esa era una visión hermosa que regocijaba mi corazón y me alentaba a continuar con mi plan de ese día.
Después de una larga y fatigosa jornada de diez días de recorrido a través del Río Grande, al fin tocamos tierra en la isla de Amon Hen y resolvimos permanecer en el citado lugar para reponernos del viaje y tomar una decisión final concerniente al destino que habríamos de seguir luego de donde nos hallábamos. No se había resuelto si marcharíamos rumbo a la horrorosa tierra de Mordor, que era donde debíamos dirigirnos para deshacernos del Daño de Isildur, cumpliendo la misión que se le había encomendado al mediano Frodo Bolsón durante el Concilio de Elrond, celebrado en Imladris; o si iríamos a la majestuosa Minas Tirith, de la cual yo provenía y a la que quería regresar para verla de nuevo. Tengo que confesar que quería que la Comunidad a la que yo pertenecía me acompañara de vuelta a la Ciudad Blanca no sólo para que pudieran contemplar su grandeza y esplendor; que eran destellos de lo logrado alguna vez por los Grandes Señores de Númenor en su reino durante sus años de gloria y de los cuáles mi gente desciende, sino también para cumplir el deseo de mi querido padre de que el Anillos Único llegara a mi patria y poder utilizarlo en contra del Señor Oscuro. Él creía que si lo obteníamos y usábamos en contra de aquél que lo había forjado en los fuegos de Orodruin, le infringiríamos una poderosa derrota de la cual no podría reponerse y entonces Gondor conseguiría un poderío y una magnificencia sólo equiparables a Oesternesse en la cúspide de su reinado. Estaba fervientemente convencido de ello y me implantó sus ideas al respecto de tal manera que yo también creí que si atacábamos a Sauron con un arma tan poderosa tendríamos la victoria asegurada.
Yo trataba de persuadir a mis compañeros de que lo mejor que podíamos hacer era tomar el camino hacia mi tierra y permanecer un tiempo ahí antes de ir a Mordor para poder defenderla de las ofensivas del Enemigo. Ciertamente algunos sí deseaban que nuestro destino fuera Minas Tirith, pero Frodo, el Portador del Anillo y quien más me interesaba que se dirigiera a mi lugar de nacimiento con su carga, parecía indeciso acerca de la dirección que habríamos de tomar; y eso me molestaba. Mordor era un sitio repulsivo y despreciable a la que nadie con cordura osaría dirigirse a no ser que fuera siervo del Señor Oscuro y tenga sus mismos negros propósitos. Minas Tirith, en cambio, era la más hermosa, altiva y admirable ciudad en el Oeste de la Tierra Media que se erigía como un permanente recuerdo de la gran Númenor ahora sepultada bajo en Mar. No entendía el por qué no se había decidido a dirigirse hacia mi amadísima Ciudad Blanca si cualquiera lo hubiera hecho sin dudarlo siquiera ¿Qué era lo que le impedía decidirse por Minas Tirith? No lo sabía, y eso me irritó porque tal cosa parecía indicar que el Mediano era débil de carácter y temeroso.
No creía que Frodo pudiera llevar a cabo la difícil empresa asignada, ni aún con el auxilio de ocho compañeros. Con tan sólo mirarlo mis suposiciones parecían confirmarse, ya que quién podría pensar que un simple Mediano proveniente de un casi olvidado país en el Norte, que nunca había salido de los límites de este y que contaba con una apariencia y constitución frágiles sería capaz de acarrear sobre sus hombros una tarea tan riesgosa como la de llevar el Anillo único a través de tantos lugares en los que ya nadie podía sentirse seguro. Ese “hobbit”, como se hacían llamar sus congéneres, no encajaba con el prototipo de persona que se consideraba la apropiada para semejante misión: un poderoso y magnifico guerrero elfo o humano que pudiera enfrentarse contra un ejército de orcos en compañía de sólo unos cuantos y que a base de puro esfuerzo y lucha, llegaría al Monte del Destino y ante la mirada del Ojo de Sauron, arrojaría el Anillo a la rugiente lava y entonces el Mal se acabaría para siempre. Ese prototipo claramente concordaba más conmigo, Boromir de Gondor, que con ese Mediano, con la diferencia de que yo no hubiera entrado a Mordor para destruir el Anillo, sino que desde Minas Tirith lo habría usado para darle un devastador golpe al Señor Oscuro y a sus huestes malditas sin necesidad de ir a la Tierra Tenebrosa. Después de esto, pensaba, habría un panorama luminoso en el que ya no habría que temer y Gondor sería inimaginablemente poderoso… (continuará)

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