El último día (segunda parte)

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Yo no quería que destruyeran el Anillo y se los hice saber desde el primer momento. En el Concilio expliqué mis razones para no hacer eso y las maravillosas probabilidades que teníamos de salir victoriosos si utilizábamos el Daño de Isildur contra su dueño. Sin embargo, se me mencionó que la opción que yo proponía no era considerable ni la más apropiada, alegando que cualquier cosa buena obtenida gracias al Anillo se transformaría en Mal. Yo no dije más, pero me enojó el que ni siquiera la hubieran tomado en cuenta como cualquier opción de las tantas que surgieron en esa reunión. De inmediato y sin más, determinaron que lo mejor era llevar esa poderosa arma a Mordor y tratar de acabar con ella sin ninguna seguridad de poder lograrlo y sólo alentados por vanas esperanzas ¿Por qué consideraron que ese era el único camino que habría de seguirse? ¿Por qué no escucharon más a fondo lo que iba a sugerirles? ¿Por qué Frodo prefería más bien encaminarse en un arrebato de locura con el Anillo hacia la morada del Enemigo y ofrecerle la impensable oportunidad de recuperar su más potente arma para que luego volviera a tenerlo en su poder y sumiera en tinieblas a la Tierra Media sin tener más opción que morir peleando por nuestra gente o convertirnos en esclavos? ¿Por qué el encargado de resguardar el Anillo era una criatura diminuta no podía soportar siquiera una visión cercana de Mordor y a quien dicho objeto nunca habría llegado a sus manos de no haber sido por una infeliz casualidad? Todo eso era una gran duda en mi mente que pesaba cada vez más, y a mi parecer, aquella situación era muy injusta y pensaba que el Anillo debió haber sido mío.
Fue por todo aquello que me había decidido a evitar lo que consideraba una insensatez y hacer lo que creía era lo mejor: llevar el Anillo a Minas Tirith, ya fuera convenciendo mediante la palabra a Frodo de que era lo menos peligroso y lo más prudente; o ejerciendo la fuerza en contra de este para apoderarme de su carga si lo que obtenía era una negativa. Ya estaba decidido y habría de realizarse ese día en Amon Hen, pues ese sería el día en que habríamos de arribar antes de dirigir nuestros pasos hacia Mordor o hacia Gondor. Si hubiera pospuesto mis planes para otra fecha, probablemente la Comunidad habría deliberado ir hacia los dominios del Señor Oscuro y, ya encaminados hacia allá, hubiera sido más complicado llevar el Anillo con o sin el consentimiento de su Portador hacia Minas Tirith que si lo hubiera hecho en esa que sería nuestra última parada en todo lo que llevábamos de travesía. Con este panorama, ya tenía resuelto lo que tenía que hacer y, pasara lo que pasara, no iba a dar ni un paso atrás.
La Comunidad se sentó a analizar la situación por la que nos hallábamos para tomarla en cuenta y determinar el rumbo que nos convenía seguir. Frodo, todavía indeciso, pidió un momento a solas para pensar claramente y ver si así lograba tomar una decisión; lo que le fue concedido. El Mediano se alejó rumbo a las profundidades de Amon Hen, lo que consideré como algo propicio para llevar a cabo mi plan. Aproveché un momento de distracción de mis compañeros para escabullirme poco a poco de ellos y dirigirme hacia donde el Portador había ido. Nadie notó mi ausencia hasta poco después. Busqué a Frodo por un rato y lo encontré sentado en una roca meditando sobre el destino que seguiría. Al parecer, sintió que me hallaba presente ahí porque volteó repentinamente hacia donde estaba como si esperara encontrarse con alguien. Cuando me descubrió, yo comencé a hablarle a hablarle en tono conciliador y me le acerqué al tiempo que le comentaba acerca de lo urgente de nuestro estado y la necesidad de una buena decisión. Él me miraba desconfiado, como si intuyera lo que iba a hacerle. Yo le mencioné acerca de mi país y de mi ciudad, de los golpes que le iba asestando el Enemigo mientras yo estaba lejos., de la ayuda que requeríamos y del poder que alcanzaríamos mi pueblo y mi persona si conseguíamos obtener un arma con la cuál derrotaríamos a Sauron sin sacrificar vidas. Dije que si podía utilizar aunque fuera un poco dicha arma ya no habría más pesar para mi gente y todo mal quedaría atrás, y para ello habría que ir a Minas Tirith para darle un buen uso a esa cosa y no arrojarla de inmediato al Orodruin, desperdiciando una oportunidad única de vencer para siempre al Señor Oscuro.Esto último no salió de mi boca, sólo lo pensé mientras platicaba con el Mediano e intentaba convencerlo de ir conmigo a la Ciudad Blanca. Mis palabras sonaban tan ciertas y las razones que exponía parecían tan razonables que no dudé que mi interlocutor pronto habría de ceder ante mi petición.
Pero Frodo no se dejaba convencer. Su mirada era recelosa y rechazaba cualquier motivo que le diera para ir a mi lugar de nacimiento. Le ofrecí darle un buen consejo de mi parte y, neciamente, la declinó alegando que el corazón le advertía estar prevenido. Negó que el miedo que decía experimentar fuera su buen sentido que se le revelaba, como yo había sugerido. Y sobre todo, insistió en que la Misión debía llevarse a cabo y que destruiría el Daño de Isildur a pesar de lo que otros dijeran. Aquello me molestó ya que el Mediano redundaba en lo mismo que otros presentes en el Concilio, quienes no habían contemplado la opción que yo propuse. Estaba al límite de mi paciencia y me dispuse a darle al Portador una última oportunidad de que me entregara la Carga por la buena. Le palmeé el hombro amistosamente para que creyera que no tenía malas intenciones y recuperara algo de confianza en mí, mientras me dirigía a él con frases dulces. Con lo que no conté fue que no pude controlar el temblor de mi mano producido por la ansiedad que me invadía. Frodo lo notó, se apartó de mí y ya no quiso escucharme. Le grité autoritariamente y apretó el paso alejándose de mí. Junto con él veía marcharse una nada despreciable oportunidad de victoria absoluta sobre el Enemigo y un maravilloso provenir para Gondor. Ante mí aparecieron imágenes de orcos devastándolo todo, guerreros altivos cayendo muertos, gente llorando amargamente y Minas Tirith envuelta en fuego y convertida en ruinas.Con cada paso que el Mediano daba, esas visiones amenazaban con convertirse en una terrible realidad. Me sentí desolado ante la idea de que eso llegara a pasar y deseé poder evitar esas penalidades a mi pueblo. Fue por ello que opté por quitarle el Anillo a Frodo, en un desesperado intento por ver cumplido mi deseo de salvar a Gondor de la desgracia y alejar aquellos horribles pensamientos de mi cabeza. Volví a hablarle con amabilidad para poco después acercarme a él velozmente y atacarlo. Sin embargo, Frodo interpuso en mi camino la piedra en la que previamente se había sentado y, ante mis ojos, sacó el Anillo y se lo deslizó en el dedo, desapareciendo por completo. Estallé en ira tan pronto ocurrió eso y lo maldije a él y a sus compañeros de la misma raza. En eso estaba cuando tropecé con una raíz de árbol y caí al suelo. No fue sino hasta ese momento en que me arrepentí de mi proceder y le pedí perdón a gritos sin saber donde esta aquel a quien había agravado. Tarde me llegó la culpa y, sumamente apenado, regresé con los demás…(continuará)

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