El último día (tercera parte)

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Al volver con el resto de la Comunidad, ellos ya se habían percatado de que no los acompañaba y me preguntaron si durante ese tiempo había visto a Frodo. Quería ser sincero, pero mi corazón resentía lo ocurrido hacía poco y no deseaba que los demás perdieran la confianza en mí, al igual que el Portador, si se enteraban de lo que había hecho. Les contesté que, efectivamente, lo había visto y que lo había instado a que me acompañara a Minas Tirith, a lo cual obtuve una negativa de su parte y yo me enojé con él y me marché. No mencioné que me le había ido encima y que intenté quitarle en Anillo; únicamente dije que me molestó el que no aceptara mi propuesta y que luego de alejarme de donde nos encontramos vagué un rato por los alrededores. Mi respuesta dejó conforme a la mayoría de la Comunidad, pero Samsagaz, el Mediano que fungía como sirviente de Frodo, me miró receloso y supe que no me creía, al menos no por completo. Me sorprendió la suspicacia que alberga aquella pequeña raza del Norte, pues ya eran dos Medianos que habían intuido algo raro en mí, tanto en mis palabras como en mis intenciones. De pronto, sugirieron ir en busca del Portador, ya que este no había retornado y el tiempo concedido para su solitaria reflexiónhabía expirado. Nos dividimos en varios grupos que se dirigieron hacia diversas direcciones para agilizar la búsqueda. Samsagaz se fue con Aragorn y yo me propuse acompañar a Merry y Pippin, los “hobbits” más jóvenes. Estos, empero, se apresuraron a buscar a su compañero desaparecido y se me escabulleron como peces en el río. A pesar de tal cosa, decidí permanecer cerca de ellos por si llegaban a necesitar mi ayuda.

No podía sobrellevar la congoja que me había invadido. Me arrepentía infinitamente de mi precipitado proceder y deseaba que Frodo apareciera para, frente a frente, suplicar su perdón. En esos momentos de cólera había estado dispuesto incluso a terminar con su vida con tal de arrebatarle aquél valioso objeto y llevar a cabo mis propósitos. El recordarlo me estremecía de pavor y me llenaba de un agobiante pesar que atormentaba mi ya de por sí afligida mente. Lamentaba tanto haber atacado al Portador como si se tratara de una bestia del Enemigo y no como a quien juré proteger en Imladris hacía tanto tiempo. Sin embargo, todavía me sentía desesperado por el destino de mi patria, el cuál pintaba más que adverso al no llevarse a cabo mi plan. Ya no podía contar con llevar el Anillo a Minas Tirith después de haber agredido a Frodo y mis esperanzas de salvar la Ciudad Blanca por medio de dicha arma se habían desvanecido. Le pedí perdón al Portador interiormente, pero hacía lo mismo con mi bien amado pueblo por haber fallado en mi misión de impedir que se cumpliera un funesto porvenir. Creía vislumbrar el rostro de mi padre con un semblante de amplia decepción y lo escuchaba lamentar la oscura suerte que pronto se cerniría sobre nosotros. También me oía a mí mismo disculpándome ante todos y repitiendo una y otra vez que había hecho todo lo que estuvo a mi alcance para evitar que el Mal terminara por dominar toda la Tierra Media. En los rostros que me pareció ver no había más que desilusión, tristeza y malestar; si acaso algo de compasión hacía mí por mi insistencia de salvar Minas Tirith y mi maldito fracaso. No sabía que me dolía más, si mi desleal e impulsivo ataque hacia Frodo o la idea de que para Gondor ya no habría un mañana al no haber conseguido el Anillo.

De pronto escuché ruidos de pisadas próximas y de gritos, lo que me sacó de mis cavilaciones y me trajeron de vuelta a la realidad. Pensé en Merry y en Pippin y en que podría estar en dificultades. Me dirigí hacia donde provenían los alaridos y vi a ambos medianos en encarnizada aunque dispareja lucha contra docenas de orcos. Decidí auxiliarlos para que no fueran abatidos por aquellos engendros malignos  y entré en combate. No iba a dejar que salieran de eso solos al no haber posibilidad de que lo hicieran airosos y sin tener mucha experiencia en el manejo de espadas. Tal vez intervine porque inconscientemente deseaba redimir la mala acción contra Frodo y no podía realizarlo de mejor manera que con esos dos amigos que había traído consigo desde su lejano país y que ahora se hallaban en serios apuros. Abatí a varios orcos, pero éstos nos sobrepasaban incalculablemente. Me percaté pronto de que yo solo no podía con todos y pedí ayuda tocando mi cuerno. El llamado fue sonoro y vibrante y creía que los miembros restantes de la Comunidad lo oirían y vendrían en nuestro auxilio pronto… pero ninguno de ellos se hizo presente y únicamente acudieron más de esas abominables bestias. Repentinamente empezaron a surcar el aire flechas lanzadas por los orcos y, antes de que pudiera ver siquiera de qué dirección salían, una de ellas se incrustó en mi carne. No supe que había sido alcanzado por éstas hasta que vi una de ellas clavada en mi costado y percibí un lacerante dolor. Pero esos infames no contaban con que para acabar conmigo se requería más de una sola flecha y, aún herido, continué con el enfrentamiento y mi espada atravesó a infinidad de arcos hasta que más flechas cayeron sobre mí y terminaron por derribarme. La última se alojó en mi pecho y en ese instante supe que no me quedaría mucho tiempo de vida. Mis fuerzas menguaron por el duelo y caí al suelo, incapaz de seguir peleando. Los orcos capturaron a Merry y a Pippin, que no pudieron darles batalla por su cuenta y sólo pude quedarme ahí, mirando impotente cómo se los llevaban. Entristecido por lo que consideré un fracaso más, me saqué una de las flechas encajadas en el pecho para no tener ese ornamento de orcos cerca del corazón. Luego me recargué en un árbol cercano y me puse a esperar… (continuará)

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