Las princesas de la muerte

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Ellas me lo prometieron todo. Yo era alguien sin gracia ni belleza, mi apariencia era horrible y me sentía rechazada por todos; inclusive por aquellos que me juraban que me querían por lo que en verdad era y no por lo que otros querían que fuera. Y entonces las conocí a ellas: unas bellísimas princesas que parecían salidas de un maravilloso cuento de hadas, de esos que ya no ocurren en este mundo;  se dieron cuenta de mi existencia (o yo me percaté de la de ellas, ya no lo recuerdo bien) y, con gran ternura y emoción, se acercaron y me hablaron con palabras dulces sobre que, a pesar de lo mal que lucía, si me unía a ellas, yo podría ser igual que ellas: hermosa, lista y admirada por todos. Me dijeron que eran princesas, y por su radiante aspecto, no dudé de tal afirmación; y al asegurarme de que yo podría ser una princesa también, me llené de una franca emoción, pues en verdad anhelaba verme igual que esas dos lindas chicas que un día llegaron a mi vida. Para que fuera tan bonita, me comentaron, debía seguirlas y serles leales en todo lo que me ordenaran. En mi vana ilusión, acepté todos sus reglamentos y me volví una de ellas.

Lo entregué y dejé todo por ellas. No importaba que tan ilógicas o arduas fueran todas sus peticiones y mandatos; yo las cumplía cabalmente, sin chistar ni objetar las razones por las cuáles me exigían tales cosas.  Y es que ellas me comentaban que, entre más progresara en mi camino, mayores  serían los retos y dificultades que afrontaría, puesto que, como habrían de repetirlo tantas veces, “nadie dijo que ser princesa fuera tarea sencilla”. Y yo siempre les creía, y me daban ánimos para continuar en su régimen, estimulándome con la idea de que me hallaba cada vez más cerca de ser lo que ya eran ellas; lo que me instaba a proseguir con sus reglas cada vez más extremas, que iban consumiéndome poco a poco y alejarme de “los ogros”, aquellos que no entendían mi propósito de ser una princesa y trataban de hacerme fallar a cada instante de alcanzar mi anhelado objetivo. Al final, dentro de esa definición entraron un sinfín de personas, entre ellas mi familia y amigos de toda la vida ¡Había perdido a gente que antes apreciaba tanto! Pero no me importaba, pues ¿quién querría estar rodeada de nocivos ogros, cuando puedes estar con esas inspiradoras princesas y otras tantas aspirantes como tú, que te apoyan y te comparten sus tan valiosos consejos?  ¡Se tendría que ser un total idiota para preferir a los ogros! Con tal razonamiento, yo seguí al lado de mis idolatradas princesas.

Las conocí, las veneré, las hice parte total de mi vida para ser de su completo agrado, para que pudieran nombrarme “princesa” y me pusieran como un gran ejemplo a seguir para las demás…pero todo cuanto conseguí con ellas fue absolutamente vacuo, carente de sentido, un triunfo sin mérito alguno. Ellas, mis tan queridas princesas, se llamaban Ana y Mia, y me hicieron renunciar a una vida normal para iniciar una vida en donde el mayor pecado es comer cualquier cosa que contenga más de 80 calorías y la penitencia para ello es descargar el estómago a cada instante o autoagredirte por tu falta de voluntad; donde el hambre es una sensación gratificante en vez de martirizante y donde nunca importa cuánto peso bajes: nunca será suficiente, siempre tendrás que bajar más y más. Si alguien te cuestiona tus acciones, inmediatamente es tu enemigo y debes evitar todo contacto con él, aunque sólo lo haga por genuina preocupación y le interese tu bienestar. Ana y Mia, esas hermosas princesas que conocí un lejano día de mi juventud, a las que tanto adoré… ahora las odio, las aborrezco como a nada en el mundo, aunque quizás haya algo de mi propio rencor contra mí misma dentro de ese resentimiento, pues la fuerza de voluntad que mostré con ellas y sus lineamientos debí haberla usado para salir de su mortal trampa. Ellas, ¡malditas sean! ¡Malditas sean por toda la eternidad! Ellas, que me sedujeron a mí, y que lo hicieron (y continuarán haciéndolo) con tantas muchachas como yo, no me inspiran más que rabia y aversión, pues gracias a sus mentiras y falsas promesas…ahora he perdido lo único que todavía conservaba de mi etapa previa a conocerlas: ¡la vida!

 

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