Salvar el alma

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Una mujer joven y bella del interior de México sufría un constante y muy molesto acoso sexual por parte de su jefe de trabajo. Harta de tal situación, le pidió a su primo que interviniera para resolver tal problema. Al día siguiente, el jefe de la mujer fue hallado muerto en un lote baldío, con evidentes huellas de tortura previo a la ejecución. Ella, al enterarse de tal acontecimiento, llamó a su primo para hacerle una reclamación:
-¿Qué chingaos hiciste?-le recriminó enojada y angustiada.
-Pues lo que me pediste, manita- contestó el primo de lo más despreocupado.
-¡Sólo te pedí que le dieras un susto, animal! ¡No era pa’ que lo mataras!
-Oye, si nomás lo hubiéramos jodido, el muy güey al rato iba a reincidir; si no contigo, con cualquier otra, y de esos vatos ya no tiene que haber más.
-¡Pero yo no quería que lo mataras! ¡Ni siquiera era un riesgo para tus negocios chuecos, que son a quienes les terminas rebanando el pescuezo, primo!
-Pues ya ni modo, manita, ya se murió y te aguantas ¡Anímate, vele el lado bueno! Ya no lo vas a soportar en la chamba.
La mujer colgó y a partir de ahí vivió tremendamente mortificada por lo acaecido. Se sentía responsable por el homicidio de su desagradable, mezquino y libidinoso patrón; quien a pesar de todos esos defectos, no dejaba de ser una persona. El remordimiento no le permitía continuar con su existencia cotidiana, pues sus creencias católicas, arraigadas de modo inconsciente en su mente, le hacían pensar que su alma estaba condenada al infierno por haber provocado indirectamente la muerte de aquél sujeto. Así las cosas, luego de un periodo tormentoso, se dedicó a buscar una manera de resarcir el daño ocasionado y salvar su alma de la condenación eterna. Buscó y buscó durante bastantes días y meses…
Recientemente se publicó en los periódicos nacionales y extranjeros el asesinato de un grupo de misioneras religiosas a manos de extremistas islámicos en Palestina. Entra las ahora occisas estaba la mujer con culpas, quien se unió a las monjas tratando de calmar su atribulada conciencia mediante la ayuda desinteresada al prójimo; dando, de hecho, un mensaje de esperanza y cariño y auxiliando a los más desamparados. El rostro de la mujer, a diferencia del de sus atemorizadas acompañantes, se veía sereno y sonriente al momento de morir, pues ya no había nada que la hiciera sentir mal consigo misma y con su alma.
(Texto dedicado con cariño a Gabriel García Márquez, “el Gabo”, y a Emilio Carballo ¡Hasta siempre, señorones!)

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