Adiós, Tierra Media (primera parte)

galadriel

Siempre es difícil despedirse. El decir adiós implica cerrar etapas, abandonar parte de tu vida en todo lo que realizaste y en todos los que pudiste conocer. Si bien las despedidas se sobrellevan mejor cuando las cosas se dejan en óptimos términos, ello no garantiza que no te invada una inconmensurable aflicción por aquello que habrás de dejar atrás…en especial si a lo que renunciarás es el lugar en donde has pasado la abrumadora mayoría de tu existencia; donde conociste y viviste todas las clases de amor y combatiste la maldad y donde nunca más habrás de retornar, pues tu tiempo dentro de éste ya ha finalizado. Esa es mi triste situación, en la que percibo dentro de mi ser una melancolía que rara vez había sentido con anterioridad.

Yo, Galadriel; hija de Finarfin y Eärwen, hermana de Finrond y Orodreth e integrante de la raza de los Elfos; mis recuerdos proceden de épocas remotas, aún para los Primeros Nacidos, y atesoro con aprecio las primeras memorias de mi distante juventud allá en la lejana Eldamar, cuando los Dos Árboles todavía iluminaba la Tierra de los Valar; y los Vanyar, Noldar y Teleri éramos felices. Mi vida era plenamente dichosa hasta que Morgoth y su malévola bestia Ungoliath aniquilaron los Árboles, asesinaron a mi abuelo Finwë y robaron los Silmarills de mi tío Feänor; quien colérico por el despojo de su más grande obra, exhortó ardientemente a su familia  pueblo a dejar nuestro plácido hogar con tal de recuperar dicho tesoro. Yo fui un de las primeras en quedar convencida ante sus palabras llenas de rencor y venganza, pues éstas avivaron intensamente mis ímpetus de llevar a cabo grandiosas hazañas en donde demostraría mi valor y fuerza, aptitudes que creían no podía poseer por no ser varón. Así pues, yo lo apoyé y seguí su Causa, llegando incluso a persuadir a mi familia de que se nos unieran, abandonando de ese modo Valinor hacia las Tierras del Este, de las que hasta ahora había oído muy poco…

Llegamos a Ernor luego de incontables desgracias e infamias perpetradas en contra de nuestros congéneres y nosotros mismos. Mi padre ya no estaba con nosotros, pues él abandonó la Misión luego de la lamentable matanza de Alqüalonde, así que mis hermanos y yo nos apegamos a la protección de nuestro otro tío, el memorable y glorioso Fingolfin. Llegar a la Tierra Media no supuso el fin de nuestras adversidades, sino una continuación de éstas mientras buscábamos lugares donde poder habitar, y contando con la visión de los recién creados luceros del Sol y la Luna en el firmamento como único consuelo. Y aún así, recorriendo esos páramos helados y desolados, hallaba todos aquellos sitios interesantes, llamativos, con un encanto muy particular, propio de lo desconocido cuando comienza a explorarse. Claro está que aquella fascinación inicial se incrementó cuando arribamos a los verdes y cálidos territorios de Beleriand, y eventualmente mi familia y yo fuimos acogidos en Doriath por el rey Elwë Thingol, pariente de mi madre. En ese bienaventuado reino, donde las flores más hermosas y los árboles más altos crecían en gozosa armonía con el pleno desarrollo de nuestros pares en todos los ámbitos, encontré de nuevo la felicidad hacía largo tiempo no percibida y que imagine nunca recobraría…y me enamoré del mundo que ahora era mi nuevo hogar.

(continuará)

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