Adiós, Tierra Media (tercera parte)

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La amenaza de Sauron se desvaneció luego de que le fuera arrebatado el Anillo Único, pero como dicho artefacto no se destruyó, todos sabíamos de lo efímero de tal triunfo y continuamos alerta. Ya para la Tercera Edad, Celebrian me hizo abuela de tres pequeños: los valientes y audaces Elladan y Elrohir, y la preciosa y cariñosa Arwen, que era mi favorita. A pesar del siempre latente riesgo del retorno de la Sombra, y la angustia que ello me generaba, todavía había en mí cabida para la dicha rebosante y la felicidad auténtica; y no fue sino hasta que mi propia hija fue raptada y torturada por los horripilantes orcos del Enemigo dentro de profundas mazmorras, que el dolor y la amargura se instalaron definitivamente en mi corazón y espíritu; en especial cuando la desafortunada Celebrian tuvo que partir a las Tierras Imperecederas, separándose para siempre de su familia, para así recuperarse de todas sus heridas y traumas. El verla irse tan inconmensurablemente lejos de mi lado y el de su esposo e hijos fue la mayor herida que jamás sufrí, aún cuando ya había experimentado la pérdida de mis hermanos hacía largo tiempo…y, sin embargo, me consoló el hecho de que ella habría finalmente de conocer las Tierras Benditas en donde todo era hermoso y nunca envejece, y las cuáles yo siempre habría de querer y extrañar.

Desde entonces, ya no fui la misma, y me esforcé en rastrear toda pista de la presencia del Mal no sólo para evitar que dominara la Tierra Media, sino también para que no lastimara a cualquiera del mismo modo en que lo había realizado con mi hija y conmigo. Sauron no demoró mucho en manifestarse abiertamente, y aunque creíamos haberlo contenido a tiempo, para entonces su fuerza era muy grande para enfrentarla nosotros solos, y tuvimos que solicitar ayuda de otras Razas, cosa que no sucedía desde la Creación del Anillo. Con todo y el auxilio de nuevos aliados, la certeza de obtener la victoria era muy remota ante el poderío irrefrenable del Señor Oscuro, pero antes prefería morir que ser sometida y servirle como una de sus tantos esclavos; no por orgullo sino por mi convicción de no colaborar a favor del Mal…siendo mi lealtad hacia el Bien más resistente que todas las tentaciones que surgieron en esa etapa de mi vida…

(continuará)

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