La historia del caballo Troy

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En Morelia se encontraba el caballo Troy. De eso no había duda…al menos no en el Uriangato de los cuarentas, cincuentas y sesentas. Y es que en una población tan próxima a Morelia, y todavía asolada por el problema del analfabetismo, no había muchos que pusieran en entredicho la identidad de aquella majestuosa estatua que representaba a un magnífico corcel y a su ilustre jinete.  Era común que muchos fueran de paseo a tal ciudad, en particular cada 30 de septiembre, cuando se celebraba la fiesta más importante del sitio; y aprovechaban para ir a ver la efigie del caballo Troy, el cuál era casi un referente obligado de visita.

Mi madre, entonces una niña, ya había escuchado hablar de tal figura para cuando su abuela la llevó a “conocerla”. Fue ahí, en medio de una pequeña muchedumbre, que mi progenitora (la cuál, a diferencia de su pariente y muchos otros residentes de su pueblo, iba a la escuela y sabía leer y escribir) buscó y buscó y no halló ningún señalamiento con el nombre de “caballo Troy”. En vez de eso, con lo que se topó fue con una placa, en la base del monumento que rezaba “José María Morelos y Pavón”. Confundida, mamá le hizo a la mujer que la acompañaba una comprensible pregunta:

-Oye, abue, ¿en verdad este es el caballo Troy?

-Sí, sí, sí, claro, ¡ahí está!-fue la veliz respuesta que recibió- Ese es el caballo Troy.

Mi madre no formuló más cuestionamientos, pero la contestación obtenida no fue suficiente para despejar sus dudas. Poco tiempo después, y ya de vuelta en su salón de clases, dos compañeros suyas estaban charlando cuando uno de ellos le preguntó al otro, que también había visitado Morelia, si había visto al mentado “caballo Troy”. Quiso la suerte o el destino que los escuchara su profesor, el maestro Chacón, quién se aprestó a sacarlos de su error (y el de cientos):

-Miren, niños- empezó a decir con voz solemne-: en primer lugar, no se dice “el caballo Troy”, sino el caballo de Troya. Y en segunda, eso no es el caballo de Troya, sino el caballo de Morelos, a quién está dedicada esa estatua que se ve al pasar por ahí.

Al conseguir tan valiosa información, los niños de aquél grupo dejaron de nombrar de aquel erróneo modo a ese equino de metal, y comenzaron a esparcir la verdadera identidad de tal escultura entre amigos, conocidos y familiares. Eventualmente, “el caballo Troy” fue desapareciendo, aún entre los adultos analfabetos, para ser sustituido por  “el caballo de Morelos”, y de ese modo, al irse afianzando la educación y el conocimiento en Uriangato, la historia de la otrora célebre bestia llamada Troy, ahora pervive sólo como una jocosa anécdota surgida de la ignorancia popular.

 

Dedicada a todos los maestros que se encargan de repartir conocimientos, y hacer que historias como esta se vuelvan menos comunes.

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