Simon Wiesenthal: El largo brazo de la venganza

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No es en lo absoluto un secreto que la Segunda Guerra Mundial fue el conflicto bélico más devastador de los últimos tiempos; en particular en debido a que , dentro de su contexto histórico, se llevó a cabo uno de los mayores (si no que el peor) genocidio que se tengan registrados: el Holocausto. Durante éste, se exterminaron a niveles inconcebibles a ciertos sectores poblacionales que Adolf Hitler consideraba contrarios a su régimen; entre los que estaban el grupo que el Führer más repudiaba y culpaba directamente del atraso económico de Alemania: los judíos. Luego del ascenso al poder del partido nacionalsocialista, toda la raza semita, sin importar su edad, género y nacionalidad, fue desprestigiada, estigmatizada, aislada y, por último, trasladada a campos de concentración con la finalidad de ser desaparecida de una vez por todas de la faz de la Tierra. No obstante, y a pesar de las condiciones infrahumanas que millones de esos individuos tuvieron que soportar, muchos de ellos lograron sobrevivir para contar sus dolorosas experiencias; y algunos de ellos habrían de dedicarse, al pasar el tiempo, a un solo objetivo: encontrar a todos aquellos militares y mandatarios nazis que permitieron tan reprobable matanza y hacerle justicia a todos los seres que perecieron dentro de esos campos de la muerte. Uno de ellos fue Simon Wiesenthal, quién pasaría a la posteridad como el más célebre cazador de nazis.

Hasta antes del inicio de la Guerra, Wiesenthal era un ciudadano común que se desempañaba en Viena como un arquitecto de renombre. Empero, una vez que la ideología nacionalsocialista comenzó a inundar el país austriaco, el respeto, los amigos y colegas que otrora contaba se fueron diluyendo de su vida, sustituyéndose por una constante discriminación y persecución. Como el caso de millones más, Wiesenthal y todos sus parientes terminaron por ser enviados a los campos de exterminio. En un momento determinado, sumido en una profunda desesperación, y sabiendo que muchos miembros de su familia ya habían fallecido (en total murieron ochenta y nueve), éste intentó suicidarse cortándose las venas; mas fue salvado a tiempo y mientras se recuperaba en la enfermería del campo, cambió su perspectiva y se fijó una misión distinta: vivir lo suficiente y hacer todo lo que estuviera a su alcance para que ninguno de aquellos perpetradores de semejante barbarie quedara impune. Con tal objetivo en mente, y habiendo pasado varias “temporadas” en la mayoría de los campos nazis, Wiesenthal memorizó los nombres, rostros  y rangos de todos los nazis que ejercieron cualquier tipo de autoridad dentro de éstos.

Al término de la conflagración, con una Alemania ya vencida y humillada, se celebraron al cabo de un tiempo los Juicios de Nüremberg, donde se llevó ante la justicia a varios de los colaboradores más cercanos del ya fenecido Hitler. A pesar de ello, en esa ocasión tan particular no estuvieron presentes muchos de los criminales de guerra más sanguinarios y relevantes de dicha contienda; cosa que Wiesenthal sabía muy bien, y fue por ello que, tiempo después y colaborando con el Mossad (el Servicio Secreto del recientemente creado Estado de Israel), localizó al individuo que representaría su mayor triunfo dentro de su tan particular carrera: Adolf Eichmann, supervisor de transporte de prisioneros y jefe de varios campos de la muerte. Eichmann habría logrado escapar cambiando de identidad y huyendo a Sudamérica, más todos sus esfuerzos resultaron ser en vano tras ser detenido luego de que Wiesenthal informara sobre su paradero a las autoridades israelís. Ya extraditado a Israel, el antiguo jerarca germano fue llevado ante la justicia, sentenciado a muerte y ahorcado en 1966. Y aunque ese fue su mayor logro, Wiesenthal no se conformó y, en total, encontró  y dejó a manos de los tribunales a un total de 1,100 de antiguos prófugos nazis.

Aunque fue un trabajo muy prolífico el que realizó, su labor no se exentó de algo que es común en todas las que el ser humano hace: la jubilación. Fue por ello que, pocos años antes de morir, Wiesenthal anunció su formal retiro; y luego de ello, se dedicó a tener una vida tranquila y sin preocupaciones…la clase de existencia que siempre había querido tener antes de que la guerra estallara. Murió en 2005, a los 96 años, dejando como legado el mensaje de que no importa que tanto te esmeres en huir, tarde o temprano tus faltas te encontrarán…y los hombres también

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