Cuando el bueno se vuelve malo

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La escena es inolvidable para una geek como yo: Frodo Bolsón por fin se halla en el cráter del Monte del Destino, a punto de arrojar el Anillo y concluir, después de tantos problemas y sufrimientos, su Misión(así, con mayúscula). Se le nota indeciso y, al verlo,  Sam (su jardinero y eterno compañero) lo exhorta desesperadamente “¡Arrójelo, señor Frodo!” Éste continúa mirando su Carga (también con mayúscula, por favor) en el mero borde de aquél volcán de candente lava cuando, súbitamente, se voltea, mira a Sam con un gesto distorsionado y reclama “¡El Anillo es mío!”, para posteriormente sonreír malevolamente y adueñarse de aquél objeto que debería destruir. Es entonces que Sam grita lleno de una inmensa desesperación “¡No!”…al igual que lo hicieron, para sus adentros, muchos de los espectadores del cine aquella lejana época. Y es que esa representación muestra algo que muchos temen y nadie desea dentro de una historia: que el héroe, el valiente e íntegro protagonista, termine sucumbiendo ante la maldad y se vuelva un villano. Las razones son específicas y hay que desglosarlas de modo más o menos amplio.

La gente, en su vida cotidiana, siempre tiene que lidiar con los “malos”: personas desagradables, prepotentes, cretinas y despectivas que hacen la existencia, en el mejor de los casos, más difícil de lo que ya es; y en el peor, como un total infierno. El cine y  la televisión son nuestros más frecuentes y valiosos escapes de nuestras frustraciones y amarguras diarias, en donde atestiguamos impresionantes e inspiradoras historias que nos levantan el ánimo para soportar todo aquello que nos afecta. Es por ello que la gente adora los finales felices, pues les hace imaginar que el bien aún existe en el mundo y que, aún cuando las cosas estén por demás feas, todo acabará de la mejor manera. Y es por ello, también, que cuando uno de nuestros héroes cinematográficos,  aquellos en los que reflejamos nuestros más íntimos deseos y expectativas, decide traicionar sus propios principios éticos y convertirse en un villano (sean cuales sean sus razones) nos sentimos devastados; después de todo, si los tipos buenos también han de sucumbir ante la maldad ¿qué esperanza tenemos no sólo uno como persona, sino el mundo entero, si ya nadie puede ser completamente bueno?

Y si no son muy aficionados a El señor de los Anillos; bueno, hay un sinfín de otros ejemplos que se podrían citar en estos momentos ¿Quién no recuerda la escena de Indiana Jones y El templo de la perdición en donde, luego de ser convertido al mal por sacerdotes oscuros, estuvo a punto de sumergir en un lago de fuego (ojo: no fue lo mismo que un volcán) a su quejumbrosa acompañante en turno? O, mejor aún ¿cómo olvidar la monstruosa, estrujante y horrible transformación del hasta entonces noble Anakin Skywalker en el villanísimo Darth Vader dentro de La venganza del Sith? Sin duda, más de uno se decepcionó al atestiguar como uno de ellos (o ambos) mando al carajo la bondad y los principios. Empero, las cosas no son tan simples como aparentan, pues la maldad tampoco es un asunto sencillo: nuestros héroes no se convirtieron en perversos porque así lo hayan decidido, sino por el hecho de que, como los humanos que son, flaquearon ante una terrible amenaza que siempre se cierne sobre ellos, y que es, tal vez la más peligrosas de todas: el irresistible poder del mal exterior. Y hay que admitir que la malignidad es mucho más tentadora que el bien, debido a que por el “mal camino” es indiscutiblemente más fácil conseguir todos nuestros sueños y objetivos que si lo hacemos “todo bien”. El mal siempre va a estar ahí, rondándonos en cualquier esquina y en cada momento en que habremos de tomar una determinación importante para fusionarse con nuestra propia maldad interna, destrozando todo en lo que creemos y volviéndonos pequeños o grandes monstruos, según el avance que nosotros mismos le concedamos. Y nuestros héroes, claro está, también son humanos imperfectos y expuestos a “lo malo” (llámense sacerdotes de un culto negro, políticos corruptos o anillos con poderes devastadores) ; y a menos que se traten de auténticos santos, podemos comprender que la razón de su “caída” haya sido un momento de flaqueza emocional de la que no estaban completamente preparados para afrontar dadas sus propias circunstancias.

Y es ese, exactamente, uno de los factores por las cuales cualquiera (no particularmente un protagonista de película épica) acaba por mandar su integridad moral al diablo y hacer caso a su perversión interna y externa. Cuando uno sufre demasiado y carece de alguien que lo motive a proseguir en un camino adecuado, supone que nada de lo que haya hecho bien le ha servido de mucho (o nada) y prefiere probar suerte en asuntos truculentos y reprobables al ya no tener “nada que perder”.  El mejor ejemplo es el mentado Anakin, quien previamente influido por el nocivo (y desfigurado) canciller Palpaltine, había aceptado acatar reglas contrarias a la filosofía Jedi; para finalmente abjurar por completo de todo lo que había sido tras enterarse de la muerte durante el parto de su esposa. Su dolor mal sobrellevado lo llevará (aparte de las malditas ideas que el canciller le metió en la cabeza) a transformarse en un tirano intergaláctico y sin temor de nadie. Eso, más que nada, evidencia también que los héroes no son sólo eso, sino gente que comparte nuestros mismos rasgos y con las que más de uno podría identificarse, al sentirlos no como personajes invencibles y perfectos en todos los detalles. El protagónico de dichas cintas debe de despertar empatía en el espectador por sus cualidades y debilidades, a diferencia de los superhéroes, quienes captan la admiración del ciudadano promedio por sus poderes y habilidades.

Y, finalmente, en estas historias ocurre un elemento no muy frecuente en la vida real, pero que para el televidente o cinéfilo que invierte mucho de su tiempo en ellas, resulta francamente reconfortante: la redención del otrora bueno convertido en villano. Pues, sí, es decepcionante que nuestros ídolos dejen de ser gente “noble e incorruptible”, pero es muy revitalizador atestiguar como ellos mismos se percatan de sus errores, se arrepienten y rectifican el camino ¿Quién de ustedes no suspiró de alivio en el instante en que, por acción del niñito oriental, Indiana Jones escapó del embrujo al que lo sometían y retornó con mucha más fuerza, previniendo que la güera oxigenada se achicharrara? ¿Quién, como yo, no se conmovió cuando Frodo, contando con la opción de poder rescatar el Anillo de su destrucción o rescatarse sólo a él mismo y a Sam, decide lo segundo y cumple, de cierta forma, su Misión? ¿O quién no rememorará por siempre el corte final de un Darth Vader agonizante, frente a su hijo Luke, pidiendo perdón arrepentido por todos los perjurios que había cometido? Es esperanzador para la gente la posibilidad de que, al final, todos aquellos que nos hacen la vida pesada acaben, como esos individuos, recapacitando de sus malos actos y dejen de hacérnoslos, tornando nuestra existencia más plena; o mejor aún, que los grandes delincuentes y parias internacionales se aparten de sus villanías para siempre y el mundo entero dejaría de ser un sitio tan deplorable. Es, en esa esperanza, en donde radica, en mi opinión, el encanto secreto que poseen esas historias en donde el bueno se vuelve el malo.

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