American Horror Story: Reencarnation

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El 30 de abril de 1945, Adolf Hitler, al verse acorralado por las fuerzas aliadas, determinó suicidarse para evitar ser apresado por sus enemigos. Acabó con su existencia mediante un ritual esotérico que garantizaría que él habría de renacer mediante otro cuerpo humano, y en el futuro, retomar su elevada posición política y gobernar sobre millones de personas,  como lo había sido durante todo el Tercer Reich. El día que eligió para morir, aparte de todo, fue la muy conocida festividad de Walpurgisnacht, considerada por los pueblos germanos como un evento de naturaleza siniestra en el que los difuntos retornaban a la Tierra bajo ominosas figuras. De esa forma, el tan temible dictador se aseguró de que volvería después de su muerte física bajo otro nombre e identidad, pero lleno del mismo odio, resentimiento, irracionalidad y desprecio por la vida humana que tanto lo habían caracterizado.

Un año más tarde de la muerte del Führer, en mayo de 1946, en Queens, Nueva York, Estados Unidos, éste nacería de nuevo gracias a aquel diabólico hechizo, ahora como el hijo de una pareja de posición acomodada. El padre era empresario de bienes raíces, y le heredó a su vástago su pequeño imperio, el cuál habría de expandirse paulatinamente con el paso de los años gracias a aquel hijo suyo. Pronto afloraría en ese avatar la personalidad del hombre que anteriormente fue, y comenzó a acumular riquezas, prestigio y fama; llegando a aparecer en ámbitos totalmente distintos de los negocios, como el de la televisión. Al igual que en su otra existencia, esta encarnación era un hombre que sabía ganarse a las masas mediante su encanto personal y a las que convencía con gran facilidad, jactándose de ello. Seguía siendo desagradable y despreciable, pero todos los débiles de mente o resentidos sociales quedaban deslumbrados ante su calculado derroche de palabras demagógicas en las que culpaba a sectores minoritarios de los problemas no sólo individuales, sino colectivos. Al igual que a principios de la década de los treinta, el nuevo canciller ascendió al poder apoyado por una parte de la población que se identificaba con un incoherente discurso que encendía pasiones y que prometía engrandecer a su nación eliminando a toda costa aquello que obstaculizaba su progreso. De ese modo, poco a ganó terreno hasta que, de manera inesperada, aquella espantosa posibilidad se convirtió en realidad: otra vez, Hitler consiguió el poder que tanto anheló recuperar. Ahora puede dar, como lo hizo otrora, rienda suelta a todos sus prejuicios, su locura y sus ansias por perjudicar a quienes aborrece.

¿Cómo? ¿Me piden que les diga el nombre de aquella reencarnación de Hitler? ¿Para qué? ¿Para evitar que vuelva a cometer las mismas atrocidades? Bueno, aún estamos a tiempo de hacerlo, ciertamente, solo que será una tarea un tanto difícil.  En todo caso, ustedes ya deben de saber que no es necesario que les proporcione un nombre, porque bien que todos lo saben en la actualidad: ese nuevo dictador se llama Donald Trump.

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