Los aguacates de don Miguel

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Cuando mi madre era niña, solía juntarse con Amalia, la hija de la comadre de mi abuela. En esa época, la no muy próspera situación económica de las familias obligaba a la gente a comer poco y no muy variado, siendo los tacos aderezados únicamente con salsa de lo más consumido. Un día, la comadre y su vástaga llegaron de visita, y mientras las mujeres conversaban, Amalia se asomó por uno de los muros y contempló, en todo su esplendor, los tentadores frutos de la mata de don Miguel, el vecino. Como tal instante representaba una preciosa oportunidad de degustar algo que no pudiera disfrutar todos los días, la niña extendió el brazo para cortar algunos de los aguacates más cercanos; cuando Chela, la comadre, la miró y le llamó la atención:

-¡Amalia! ¿Qué estás haciendo?

-Nada, mamá, sólo quería cortar unos aguacates de don Miguel- respondió Amalia con su muy singular y jocoso tono de voz.

-¡Deja ahí, que no son para ti!- la reprendieron.

-Pero, mamá, es que no has visto lo bonitos que están los aguacates de don Miguel ¡Bien bonitos! ¡Hasta le brillan!

Ante semejantes palabras, Chela y la abuela (que también se encontraba ahí en aquél momento) rompieron en sonoras, incontenibles y aparentemente inexplicables carcajadas; las cuales aumentaban con cada referencia a los mentados aguacates, muy a pesar del desconcierto de la muchacha y mi madre, que también atestiguaba la escena.

-¡Ay, ustedes risa y risa y no me dejan agarrarle los aguacates a don Miguel- se quejaba con amargura Amalia al escuchar las estridentes risas- ¡Y yo aquí nomás teniéndome que comer mi taco con sal!

Mi progenitora, en esos momentos, no comprendió el por qué aquellas señoras ya maduras reaccionaron de tal manera. En un principio, supuso que el origen de todo residía en la aguda y muy chistosa voz que poseía la jovencita, la que se volvió más graciosa durante el transcurso de dicha anécdota. Pero conforme mi madre fue creciendo, entendió que la manera de hablar de esa niña no tuvo en lo absoluto que ver…sino que el total responsable fue el doble sentido que sólo poseen los adultos.

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