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Acróstico 28

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Érase una vez un individuo muy infortunado,

Dotado de una constante y oscura melancolía,

Generada tras penosas y agobiantes desgracias

Acaecidas desde la más tierna infancia; y que se

Repetirían incesantemente toda su vida.

 

Además de todo aquello, él tenía un talento:

La capacidad de poder plasmar mediante las letras

Los más intensos e inquietantes miedos humanos,

Aterrorizando a todo el que lo leyera, como

Ningún otro pudo haberlo hecho en esa época.

 

Perdió al final todo lo que había amado,

Oscuro por completo su mundo se volvió.

En completo abatimiento, su vida concluyó.

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A un año (y 33) de dos tragedias.

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El tiempo pasa rápido, pero en algunos casos, las heridas tardan en sanar. Es el caso del terremoto acaecido hace exactamente un año, que afectó no sólo la ciudad de México, sino los estados de México, Puebla, Veracruz, Oaxaca y Morelos. Sin embargo, y como si se tratara de una muy pesada y macabra broma del destino, ese movimiento telúrico que destruyó edificios y vidas, tendría lugar en el aniversario de otro sismo mucho más mortífero y devastador, por el año de 1985. A un año de esta nueva tragedia, la reconstrucción ha avanzado a lentos pasos en muchas regiones, y aún hay gente que vive en propiedades ajenas o, en el peor de los casos, en improvisadas construcciones. Si algo bueno se puede sacar de ambas desgracias es que reveló también mucho del lado bueno y solidario del pueblo mexicano, el cuál no podrá ser destrudo tan facilmente; adeas de brindarnos crudos pero útiles conocimientos físicos, geográficos y sociales para evitar que las historias se repitan. Hoy, hay que ofrendar  dos minutos de silencio en memoria que quienes, a causa de aquellos terremotos, no se encuentran con nosotros.

Manifiesto Anti-Despacito

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La juventud actual ya no recuerda los nombres de los grandes compositores de antaño como Facundo Cabral, Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez. En su lugar ahora recuerdan a personajes como Don Omar, Pitbull o Tego Calderón, los cuáles componen abominaciones que en lo absoluto pueden considerarse “música”, pero que con sus ritmos pegajosos, letras repetitivas y mensajes nulos satisfacen los muy poco exigentes gustos de los jóvenes de casi todo el mundo. Y es que esa es la triste realidad con la que uno se topa luego de constatar que Despacito fue no nada más la canción latina más escuchada durante el 2017, sino también la más escuchada en todo el mundo. No sólo ha logrado batir records alrededor del orbe, sino que ahora, para colmo, es la pieza “artística” que con más “orgullo” representa a América Latina y a su gente ante el resto de la humanidad, lo cuál me hace, más que fruncir el ceño disgustada, sentir tremendamente asqueada y decepcionada de la humanidad y la posición complaciente que toma ante ciertas cosas.

Y es que, dejando de lado el hecho de que Despacito sea algo incluso más odioso y despreciable que El taxi del ya mencionado Pitbull y de que (como suele ocurrir en todas las composiciones del reggaetón) su letra sólo hable de la práctica de sexo sucio y a casi toda hora; lo más deleznable es que esa “melodía” continúa fomentando estereotipos negativos contra los latinos. ¿O a poco a ustedes les agrada que nos represente algo que dé a entender que los habitantes de Latinoamérica somos unos animales brutos y sin cerebro, ávidos únicamente de sexo desenfrenado y dinero fácil? ¿O  es agradable que la gente llegara a pensar que las latinas están conformes y contentas con no ser más que “un par de tetas”, “un culo para el perreo” o “tres agujeros que hay que rellenar”; como insinúan a cada instante los intérpretes del género? Y repito: ¿les gusta en verdad que algo tan malo los represente en Europa, en Asia, y que la gente de esos lares piense que todos, invariablemente, somos así? Bueno, quizás no hay que preocuparnos mucho al respecto, puesto que allá también Despacito pegó de lleno, y fue muy gustada por el público. Sin embargo, sospecho que el secreto de su éxito residió en su ritmo, ya que la gran mayoría de quienes la escuchaban con deleite ignoraban el significado de su letra. Ahora me pregunto si, al oírla nuevamente, pero con una debida traducción, les seguirá agradando a pesar de su pésimo contenido. Tal vez sí, o probablemente no, o quizás simplemente el estereotipo que ahora se propagará es que la región de América Latina es incapaz en la actualidad de producir verdaderos cantautores de calidad…lo que tampoco sería bueno.

Lo que más aborrezco de todo es que, a pesar de todo lo anterior, los medios aplauden el éxito de ese bodrio, y nos piden que todos, sin excepción, que nos sintamos orgullosos de algo tan malo. Pues yo me planto, me revelo y grito: “¡No!”. Yo no me enorgullezco de esa porquería, yo nunca diré que algo así me representa remotamente, y mucho menos a la raza latina. Yo no deseo que nos recuerdos por esa “canción” ni que gane los centenares de premios que los noticieros y revistas esperan que “merecidamente” reciba; y no, no es porque sea malinchista, sino porque, simple y sencillamente, eso NO ES NI SERÁ NUNCA ALGO BUENO, y ya estoy harta de ello y de tener que repetirlo a cada rato. Muchos, estoy segura, no estarán de acuerdo con este particular punto de vista mío, y muchos se presentarán a insultarme o a defender a Despacito; mas si alguien coincide aunque sea un poco conmigo, me sentiré menos sola en este mundo, y sabré que no todo está perdido. Cualquiera que sea su opinión, pueden firmar el presente manifiesto y hacerme llegar sus ideas. No soy sólo una mujer rabiosa ni problemática ni urgida de atención (como muchos seguro han de suponer), solo deseaba exponer un tema que desde hacía tiempo tenía guardado en mi cabeza.

La desaparición de la música

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Este fin de semana me enteré, además de la muy penosa y lamentable muerte de la gran diva Aretha Franklin a causa del cáncer, del asesinato de Fabio Melanitto ¿Y quién era ese? No los culpo si no lo recuerdan (incluso yo debo admitir que ya lo había olvidado), pues su época de fama y reconocimiento fue hace ya más de una década, a comienzos de este milenio para ser precisos. Él, junto con otros cinco muchachos de su edad, formaba parte del band boy venezolano UFF, la cuál hizo las delicias de las adolescentes y niñas de entonces. Aunque nunca fui fan de tal agrupación, sí llegué a escuchar varios de sus éxitos, y ciertamente me gustaban. Su estilo pop bailable y pegajoso fue parte de mi infancia, y continuaron sonando con cierta fuerza hasta 2005, cuando por problemas internos (y como suele suceder con muchas bandas) terminaron por desintegrarse. Luego de eso, cayeron en el olvido y no se volvió a saber de ellos hasta hace unos días, por el triste motivo ya mencionado.

Y, a todo esto, ¿por qué escribo al respecto? A menudo una noticia me conduce a una reflexión mayor, y esa es la razón de este texto. La muerte de ese (en su momento) ídolo juvenil me llevó a pensar en sus canciones y en una parte de mi existencia que, aunque plagada en su mayoría por malísimos recuerdos a causa del bullying que sufrí por años; también tuvo sus buenos y muy disfrutables momentos en los que conocí a potenciales amigos, jugué con ellos, leí interesantes libros infantiles y escuché canciones que me llegaron a fascinar. La música y los artistas que poblaron mi niñez, lamentablemente, son muy distintos de los que ahora oyen los infantes actuales: Maluma, Daddy Yankee, Bad Bunny y otros reggaetoneros más, en cuyas “composiciones” se habla explícitamente de situaciones sexuales que los niños ahora asimilan con toda normalidad y consideran como algo “positivo”. Mientras lo más erótico a lo que los artistas de entonces se referían eran a besos, abrazos y bailes pegaditos; los de ahora mencionan sin recato alguno sexo oral, perreo intenso  y promiscuidad, cosas que en lo personal, me inspiran un profundo asco.

Con el fallecimiento de Melanitto, desaparece también un representante de la música que marcó una crucial etapa de mi vida, y es un brutal recordatorio de que esa linda música pop que tanto me gustaba de chica, posiblemente esté dando sus últimas patadas de ahogado ante un feroz y desvergonzado trap. Aun así, me niego a resignarme a ello, y prefiero pensar que esas canciones aún no mueren, y sólo están ocultas por ahí, esperando ser encontradas no nada más por mí, sino por las nuevas generaciones que, al igual que yo las llegarán a disfrutar con la misma intensidad e inocencia. Adiós, Fabio, descansa en paz, pero tú, buena música, por favor nunca te mueras.